Cierto: hay también un absoluto rechazo de una parte de la sociedad a todo lo que signifique cambiar costumbres y estilos de gobernar a los que nos acostumbraron los últimos seis sexenios. Y es como si el rechazo fuera la premisa que inevitablemente conduce a una conclusión, en este caso, anticipada, o sea, a un prejuicio. De esta parte de la sociedad que rechaza a priori, tampoco hay consideración alguna para lo distinto.
En estas dos vertientes se ha movido la comunicación social de la 4T –la de la desconfianza y el rechazo- lo cual no ha hecho sino agravar las ya de por si profundas y muy añejas diferencias internas de un gremio, como el periodístico que, por cierto, no atina a definir la ruta de su unidad, ni siquiera de su madurez. Y aún se cree –nos creemos-, los infalibles dueños únicos de la verdad absoluta.
El Presidente Andrés Manuel López Obrador ha preferido dar la cara todos los días desde temprano, a través de la televisión, la radio y las “benditas” redes sociales, en un intento por llegar directamente a la población. Y lo que ciertamente ha logrado, es llegar, si, pero sobre todo a la mayoría de esos 30 millones que le dimos el voto en 2018, esto es, a su base social, política, electoral.
Es decir, sólo ha llegado a una parte de la población: no hay indicio alguno de que haya trascendido esa barrera; habría que recordar que el padrón electoral de 2018 rebasaba los 89 millones de personas. No significa que el mandatario tenga la oposición de 59 millones de mexicanos, pero es claro que ésa es una gran cantidad de votantes que sus adversarios, tratan de ganar todos los días, lo ven como una gran oportunidad para socavar a la 4T.
Pero uno de los aspectos graves de este desatino en materia de comunicación social, es que tanto la 4T como sus adversarios se encaminan a un mismo punto que, lejos de parecer convergencia, se ve más bien como colisión, una que sería muy parecida a un choque de trenes, con todas las consecuencias que ello implique para el futuro de la Nación.
De parte del gobierno de López Obrador puede decirse que no sólo descalifica a quienes llama adversarios –y no tiene rubor alguno en llamarlos por sus nombres-, sino que ha optado por privilegiar a cierto grupo de presuntos periodistas que, si algo los distingue, es el de hacer preguntas a modo, de las que agradan al Primer mandatario porque le dan oportunidad de lucir la obra de su gobierno.
Estos presuntos periodistas se ven a sí mismos como la antítesis del llamado periodismo chayotero, como los incorruptibles, como los auténticos defensores de la libertad de expresión, sin darse cuenta que la defensa que hacen es de los puntos de vista del Primer Mandatario. Y la consecuencia es que se confrontan con los otros periodistas de quienes no tienen empacho en señalar precisamente como “chayoteros”.
Esta confrontación ha permeado al público seguidor de las conferencias matutinas del Presidente y se expresa de manera visceral, brutal e incendiaria en redes sociales: abundan los casos de periodistas de larga trayectoria que al gobierno resultan incómodos, y que han sido objeto de persecución, asedio, denostación, descalificación y amenazas –que hasta ahora han quedado en lo verbalmente violento-, por parte de quienes, como el Presidente, también piensan que toda crítica o desacuerdo, es un ataque malintencionado de adversarios.
Es decir: en redes sociales se manifiestan seguidores tan violentos, incondicionales y sumisos del Presidente Andrés Manuel López Obrador, que quizás sólo estén esperando una señal –no necesariamente del Primer Mandatario-, para pasar a los hechos: algo así como los tristemente célebres camisas negras del fascismo italiano.
Este otro sector de la sociedad que todo rechaza de la Cuarta Transformación es en el que se acomodan los adversarios del Presidente. Son gente con los recursos suficientes como para sostener diariamente una campaña en medios electrónicos, impresos e internet, que –cada vez es más claro-, busca “tirar” al tabasqueño de la silla presidencial.
Algunos son figuras relevantes de organizaciones patronales, empresariales y hasta de las llamadas ONG; otros son ex dirigentes de partidos y aún ex presidentes de la República. Y tienen desde luego a sus incondicionales en la figura de directores de periódicos, de medios electrónicos y revistas; a columnistas, articulistas y editorialistas; gente de micrófono en radio, televisión y redes sociales, quienes no desaprovechan ni una oportunidad para golpear: difamar, calumniar, exagerar hasta lo máximo yerros en decisiones políticas, económicas o sociales y aún cada detalle por mínimo, banal e intrascendente que sea.
La comunicación social de la Cuarta Transformación no ha sido capaz de contrarrestar, mucho menos anular, esa avalancha de infundios. Y la elección de subirse al ring para contestar cada golpe, está teniendo daños colaterales, cada vez más perceptibles, cada vez más graves: la profunda división política de los mexicanos propiciada por la derecha ante el ascenso del cardenismo, en 1988, ahora parece abismal, insalvable.

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