Rubén Vázquez Pérez
Sorprende que a menos de los primeros cien días de gobierno, incluso algunas de las mentes más lúcidas hagan planteamientos de escenarios catastróficos; que lo hagan en un tono lapidario y más que una advertencia, lo escriban como una profecía, como una condena, como si lo estuvieran viendo en una bola de cristal, de ésas que solíamos encontrar en la lectura de relatos fantásticos y medievales.
Que lo haga la oposición, no sorprende: está más que claro que lo que queda de PAN, PRI, Movimiento Ciudadano y perredistas sobrevivientes y dispersos, hace mucho tiempo apostaron por la propaganda, la mentira, la descalificación y el denuesto y poco les ha importado formular una contrapropuesta alternativa a la de la Cuarta Transformación.
Pero el problema no es tanto el de los ataques mediáticos que, bien que mal, el gobierno federal contrarresta un día si y otro también a través de los medios públicos; el problema es que las cosas al interior de la Cuarta Transformación, en este su segundo piso, tampoco están bien y pareciera que los problemas se acumulan, sin que en el escenario se vea cómo y quién pudiera enmendar la ruta y poner orden.
A la Presidenta de la República, Claudia Sheinbaum Pardo, hasta ahora le ha bastado con externar sus buenos deseos de que los desencuentros dentro de a 4T habrán de resolverse mediante el diálogo y la buena voluntad, en un estilo muy personal de reconvenir a las partes a resolver sus diferencias, tal cual sucedió en el diferendo que protagonizaron los líderes parlamentarios Ricardo Monreal, por los diputados, y Adán Augusto López, por los senadores.
La verdad es que ese asunto se desató por un reclamo rupestre: los dineros presupuestarios que, presuntamente, la Cámara de Diputados, en uso de su atribución de revisar y aprobar el Presupuesto de Egresos de la Federación para este año, le habría quitado a los de la “Cámara alta”, el Senado de la República.
Parece que no fue así, toda vez que el senador por Tabasco, no hizo mayor escándalo. Pero independientemente de ello, lo cierto es que reclamar dinero público en tiempos de una gran austeridad para que precisamente ese dinero público sea destinado a las prioridades fijadas por la 4T, como son los programas sociales, fue algo que hizo ver muy mal al coordinador parlamentario en el Senado.
Muy sano habría sido, en cambio, que ambos personajes –Monreal y Adán Augusto- hubieran debatido, por ejemplo, cómo contrarrestar prácticas viciadas como el reparto de posiciones políticas, al interior del partido o del gobierno, algo que beneficia a personajes del morenismo muy cuestionables por sus antecedentes, sectarios o personales, nada cercanos de la ética y apenas bordeando la legalidad.
Pero no lo hicieron. En cambio se comportaron tal cual lo hace la oposición cuando de cuestionar al gobierno se trata: todo quedó en un espectáculo de ataques y contra ataques mediáticos en el que acaso el mejor librado haya sido el zacatecano quien consiguió así una victoria pírrica.
Empero, su actitud y la del tabasqueño, no hicieron sino atizar la hoguera de la suspicacia, aquella que afirma que detrás de Morena y del Gobierno del segundo piso de la 4T, está la mano que mece la cuna que –dice la oposición de la 4T- no es otra que la del ex Presidente, Andrés Manuel López Obrador, un tema del cual la oposición no quita el dedo del renglón.
Aquí cabe preguntar: ¿hasta cuándo personajes como los mencionados y desde luego, otros, habrán de contener sus apetitos políticos personales, en función de los principios fundamentales de la Cuarta Transformación: no mentir, no robar y no traicionar al pueblo?
La conclusión es que ante estos hechos, el panorama no se ve nada halagüeño: ya quedó caro que de la oposición nada bueno se puede esperar para la democracia; quedó claro también que de parte de los opinadores y analistas de todos conocidos, tampoco: ni siquiera de muchos de los más brillantes y lúcidos.
Pero parece que de la Cuarta Transformación, menos, toda vez que muchos de sus integrantes se ven más interesados en aprovechar cualquier resquicio, cualquier titubeo o descuido para aprovecharse del cargo, llevar agua a su molino y, en una de ésas, despacharse con la cuchara grande.
Veremos.

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